Sarkozy AirlinesAndaba yo algo dubitativa sobre si hacer o no un viaje al extranjero. Tal y como está el patio mundial, lo mejor era no salir de casa. Si bien es cierto que a veces en el patio de casa llueve y se moja como los demás (si no que se lo digan a los Reyes de España, que a este paso no van a salir de los jardines de la Zarzuela). Pero todos esos temores han llegado a su fin. Les cuento: Emilio, el chico de la agencia de viajes, amigo de toda la vida y a punto de casarse con una compañera del curro -gracias a que yo los presenté- me recomendó encarecidamente que viajara al Yemen: “Si, si, se ve el mundo desde otra perspectiva, te va a encantar”. ¡Cómo no fiarse de los amigos! Total, que en menos que cambia de novio Terelu Campos, me vi en tierras yemeníes. Tenía razón mi amigo, todo se ve desde otro punto de vista. Quizá por el calor, quizá por el agobio, o debido a un momento de enajenación feminista transitoria dejé mi cara al descubierto (no porque una sea un cruce entre Florentino Fernández y Mariano Mariano y quiera provocar alarma social, sino porque entre el burka y las dioptrías no veía tres en un burro). Fue justo en ese momento cuando amables yemeníes decidieron aumentar mi colección de minerales, y desinteresadamente comenzaron a lanzarme piedras de toda clase, a cual más grande. Ya lo dijo Jesús, que quien estuviera libre de pecado que tirara la primera piedra. Para mi suerte me topé con los más buenos y justos del Yemen, porque éstos me tiraron la primera, la segunda, la tercera y hasta la milésima piedra. Yo, cansada de tanta amabilidad y queriendo escapar de la situación, cogí el móvil y marqué el 11 8 88, se puso uno de los Peluchos: “Si quiere que España sea una y grande marque uno. Si quiere que España sean varias y pequeñas marque dos. Si quiere que España se quede como está ¿para qué donpimpones llama?”. Joder, para Españas estaba yo. De repente un avión sobrevoló el cielo yemení, un hombre menudo y trajeado descendió en paracaídas. Éste empezó a hablarles y milagrosamente los convenció para que se fueran de allí. Al principio pensé que se trataba del inspector Clouseau de la Pantera Rosa, pero cuando recuperé un poco la visión, me di cuenta de que no era otro que el mismísimo Nicolas Sarkozy. ¡Oh la, la! Subidos en el avión y sobrevolando ya la península, quise expresarle que su esposa Cecilia debía de estar muy orgullosa de tener un marido como él. A partir de ese momento sólo recuerdo al galo tirándome del avión al grito de: “Ambesil, ambesil...” ¡Tanta Escuela Oficial de Idiomas para esto! Por suerte sobrevolábamos San Sebastián. “Por fin gente de la tierra, gente cabal”, pensé mientras descendía. Con lo que yo no contaba era con caer en una de las calles donde en ese preciso instante se celebraba una manifestación de la izquierda abertxale por un lado y otra de la extrema derecha por otro. Y menos aún que mi paracaídas llevara los colores de la bandera francesa y que al abrirse sonara el himno de la Marsellesa. Sin pensárselo dos veces, los Hunos y los Hotros tiraron sus banderas para quedarse exclusivamente con el palo, auténtico símbolo de unión entre ambos. Si Garzón hubiera tardado un poquito más en actuar, seguro que entre todos le hubieran puesto himno al palo al más puro estilo Loquillo: “Yo para ser feliz, quiero un listón. Yo para ser feliz quiero un listón uuuaaauuu!!”. Sólo me queda decir que el año que viene me van a dar el Príncipe de Asturias a la Concordia por haber tendido puentes de unión entre dos grupos con reivindicaciones políticas tan opuestas. Los cuales, gracias a mí, no tuvieron ningún reparo en rasgarse las banderas en aras de un linchamiento en común. El premio se lo voy a dedicar a mi compañera del curro, por cortar con su novio (el chico de la agencia de viajes) justo minutos antes de que le encargara el viaje.
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