A mis abuelos
Mi abuelo tenía la voz en sus manos
el gesto serio y el corazón en alto.
Mi abuelo nunca habló de la guerra
ni mi abuela tampoco
quizá porque sus manos quebradas
ya lo decían todo.
Mi abuelo y su bicicleta
le hacían los recados a mi abuela. Ella los aguardaba en su barraca,
oronda y grisácea, pero bella.
Mi abuelo a escondidas
siempre me daba algún duro
y con el índice en la boca
me ordenaba disimulo.
Después hacía lo mismo
con el resto de mis primos.
-ahora al recordarlo nos reímos-.
¡Qué grande la pequeña!
decía siempre mi abuela.
Y me calentaba dos besos
con su risa de candela.
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