La globalización es un hecho y la “blogalización” también. No deja de llamar la atención cómo personas de casi todos los lugares del mundo pueden ponerse en contacto por medio de la palabra, bien sea como emisor, receptor o como ambos al mismo tiempo. Es como si cada vez que se proyecta una película en el cine, el director de la misma preguntara a los espectadores si desean realizar algún comentario:
- director: ¿Sólo dos comentarios? A ver usted, identifíquese.
- espectadora: Soy butaca20@cinemail.com.
- director: Muy bien, haga su comentario.
- espectadora: Me ha encantado, nada que envidiar a Almodóvar. Si no es mucho pedirle, pásese por mi peli y me cuenta qué le parece. Un saludo.
- director: Gracias butaca20. Ya me pasaré. Tú, chico, ¿cómo te llamas?
- espectador: Jose Anónimo
- director: Dime Jose Anónimo.
- espectador: Pues yo no m’enterao de ná. ¡Vamos que el final que tiene, es pa mearse!, ¿alguien me podría explicar por qué huevos el prota se va del pueblo?
- director: Lo siento pero tu comentario ha sido eliminado. ¡Acomodador!, traiga la papelera.
Bromas aparte, es curioso ver como casi todos los idiomas conviven como bancos de peces en este inmenso océano de palabras, con la diferencia de que aquí no hay peces ni grandes ni chicos y que cualquiera de ellos, por muy pequeño que sea, puede navegar por estas aguas libremente para entretenerse, informarse, enfadarse, divertirse... o crear su propio arrecife de palabras e imágenes para que otros escuálidos también puedan transitarlo (capítulo aparte merecería la censura impuesta en algunos países).
- espectadora: Soy butaca20@cinemail.com.
- director: Muy bien, haga su comentario.
- espectadora: Me ha encantado, nada que envidiar a Almodóvar. Si no es mucho pedirle, pásese por mi peli y me cuenta qué le parece. Un saludo.
- director: Gracias butaca20. Ya me pasaré. Tú, chico, ¿cómo te llamas?
- espectador: Jose Anónimo
- director: Dime Jose Anónimo.
- espectador: Pues yo no m’enterao de ná. ¡Vamos que el final que tiene, es pa mearse!, ¿alguien me podría explicar por qué huevos el prota se va del pueblo?
- director: Lo siento pero tu comentario ha sido eliminado. ¡Acomodador!, traiga la papelera.
Bromas aparte, es curioso ver como casi todos los idiomas conviven como bancos de peces en este inmenso océano de palabras, con la diferencia de que aquí no hay peces ni grandes ni chicos y que cualquiera de ellos, por muy pequeño que sea, puede navegar por estas aguas libremente para entretenerse, informarse, enfadarse, divertirse... o crear su propio arrecife de palabras e imágenes para que otros escuálidos también puedan transitarlo (capítulo aparte merecería la censura impuesta en algunos países).
Una vez hecho nuestro blog, siempre resulta interesante hacer clic en “siguiente blog” para saber a quién tenemos de vecino, o no saberlo, porque puede ser que se carezca de autorización para ver dicha página, cual es mi caso. Se entiende que las costumbres urbanas también se apoderan de la red y viceversa. Conozco el caso de un chico, Miguel, que coincidía todos los días con una chica en la parada del autobús. Por mucho que quería entablar conversación con ella, ésta lo ignoraba por completo y no le decía ni media palabra. Una tarde de esas en las que uno no tiene nada peor que hacer que abrirse un blog, Miguel se hizo con uno. Lo tituló: “El chico de la parada”. Cuando se dispuso a editar una entrada, no sabía qué escribir. Sólo podía pensar en la chica del autobús: “Querida..., querida como quiera que te llames, a ver si de una vez me haces un poquillo de caso y me dices algo, aunque sea mentira” - escribió Miguel e instintivamente hizo clic en “siguiente blog”. Le apareció la siguiente página: “Esta soy yo. Diario de una sordomuda. Datos personales: Hola soy Blanca, tengo 18 años y soy de Granada...”. Miguel, como un niño frente al espejo, estuvo toda la noche con el ordenador aprendiendo nociones básicas del lenguaje de signos. A la mañana siguiente las manos de Miguel fueron las únicas que hablaron y a día de hoy, aún lo siguen haciendo.
Volviendo al tema, uno no entra en un blog porque sí, siempre hay algo o alguien que lo empuja a ello. Siempre hay un punto de partida y un punto de encuentro, en definitiva, una posada al estilo de "El Tabardo de Soutwark" (tal y como nos relatan “Los cuentos de Canterbury” de Chaucer), a través de la cual accedemos a otras "posadas", las cuales a su vez nos llevan a otras y así sucesivamente. Y uno va conociendo y dejándose conocer, descubriendo y dejándose descubrir, dejándose emborrachar los ojos de palabras, de palabras preñadas que consiguen alumbrar un poco más nuestro quehacer diario. Cada uno de nosotros, como autores de un blog, somos personajes que contamos historias y dentro de las mismas aparecen otros personajes, los lectores, que nos dan su opinión para volver de nuevo al principio, tal y como sucede en “Los cuentos de Canterbury”. Es curioso ver como después de quinientos años, algo tan primitivo y hermoso como compartir una historia entre personas desconocidas que se encuentran en el camino, en la red en nuestro caso, aún se repite diariamente. Y es que ya lo dijo Blas de Otero: “nos queda la palabra”.
Volviendo al tema, uno no entra en un blog porque sí, siempre hay algo o alguien que lo empuja a ello. Siempre hay un punto de partida y un punto de encuentro, en definitiva, una posada al estilo de "El Tabardo de Soutwark" (tal y como nos relatan “Los cuentos de Canterbury” de Chaucer), a través de la cual accedemos a otras "posadas", las cuales a su vez nos llevan a otras y así sucesivamente. Y uno va conociendo y dejándose conocer, descubriendo y dejándose descubrir, dejándose emborrachar los ojos de palabras, de palabras preñadas que consiguen alumbrar un poco más nuestro quehacer diario. Cada uno de nosotros, como autores de un blog, somos personajes que contamos historias y dentro de las mismas aparecen otros personajes, los lectores, que nos dan su opinión para volver de nuevo al principio, tal y como sucede en “Los cuentos de Canterbury”. Es curioso ver como después de quinientos años, algo tan primitivo y hermoso como compartir una historia entre personas desconocidas que se encuentran en el camino, en la red en nuestro caso, aún se repite diariamente. Y es que ya lo dijo Blas de Otero: “nos queda la palabra”.
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