Me disponía a entrar en una tienda. Un saludo repentino me ha despertado de mi ensimismamiento:
-¡Hola!
He levantado
la vista y me he dado cuenta de que era Paco, mi compañero del Instituto.
¡cuánto tiempo! Veinte años quizá. El mejor compañero que se puede tener en esa
edad en la que todo se magnifica y el ser aceptado por el grupo es tan
importante como la lluvia que servía de testigo a nuestro fugaz encuentro.
–Hola- te he contestado cabizbaja y sin saber quién eras.
Entonces he levantado la vista del suelo
y me he percatado de que eras tú: “Mi Paquico “ del instituto. Qué años más
buenos. Cuánto compañerismo pero sobre todo, cuánta amistad. Esos recuerdos los
tengo en una especie de reserva natural a la que acudo cuando el presente se
hace duro de habitar. Cuando me he girado a saludarte mejor ya te habías
perdido entre la gente. Me ha alegrado verte, amigo. No sabes cuánto. Hay cosas como la amistad, que no admiten rebajas.
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