lunes, 16 de enero de 2012

Hay cosas que no admiten rebajas

       Hoy he ido de rebajas. ¡Vaya precios! Llego a la convicción de que lo único rebajado este año va a ser mi sueldo. La cuesta de enero se va a prolongar en los once meses restantes. Llueve, hace frío. Los inmigrantes que se recogen de la faena en el campo no llevan paraguas. Se resguardan bajo los balcones o simplemente dejan que la lluvia empape sus cuerpos tostados y cansados. A muchos de ellos la lluvia debe de recordarle a  su país de origen puesto que sonríen mientras caminan.  Los nacidos  aquí vamos todos bajo un paraguas. Los hay enormes que ocupan casi toda la acera. Hay otros minúsculos, que a la más mínima ráfaga de viento, doblan sus alambres  en un gesto inconformista. Bien sea bajo  unos u otros, todos vamos con gesto serio. Nos molesta la lluvia, aunque sea necesaria. Somos animales de sol. Y cuando éste no nos mira, dejamos de ser nosotros y nos convertimos en náufragos del Sur perdidos en una isla del Norte. 
Me disponía a entrar en una tienda. Un saludo repentino me ha despertado de mi ensimismamiento:
-¡Hola!
He levantado la vista y me he dado cuenta de que era Paco, mi compañero del Instituto. ¡cuánto tiempo! Veinte años quizá. El mejor compañero que se puede tener en esa edad en la que todo se magnifica y el ser aceptado por el grupo es tan importante como la lluvia que servía de testigo a nuestro  fugaz  encuentro.
 –Hola- te he contestado cabizbaja y sin saber quién eras. Entonces he levantado  la vista del suelo y me he percatado de que eras tú: “Mi Paquico “ del instituto. Qué años más buenos. Cuánto compañerismo pero sobre todo, cuánta amistad. Esos recuerdos los tengo en una especie de reserva natural a la que acudo cuando el presente se hace duro de habitar. Cuando me he girado a saludarte mejor ya te habías perdido entre la gente. Me ha alegrado verte, amigo. No sabes cuánto. Hay cosas como la amistad, que no admiten rebajas.

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