Como todos los años llega S. Cobardín, patrón de los singles, o dicho en castellano, de los que estamos más solos que la una. Otra vez toca regalarme. Qué dilema. Ya no sé cómo sorprenderme. Al final será lo de siempre, una cajita de bombones para salir del paso. Del paso, digo, porque del peso sí que no me van a sacar. Aún conservo en mis carnes los excesos de la Navidad. Intactos. Pueden hacer un estudio arqueológico que todo se mantiene perfectamente. Me estoy pensando incluso hacer visitas guiadas a semejante monumento: mantecados La Estepeña a la derecha, turrones El Almendro a la izquierda, el Roscón de Reyes en la sala contigua. Pero qué vamos a hacerle, un día es un día. Y lo que importa es la intención. Espero sorprenderme a mi misma. Perfumes no me voy a regalar porque es algo muy personal. Unos diamantitos estarían bien pero mejor los dejo para S. Valentín, si es que algún día el niño me confunde con San Sebastián y me deja con más agujeros que el colador de mi abuela. Pero éste yo no sé para dónde apunta. Anda que si lo hubieran contratado como arquero para el encendido de la antorcha olímpica en Barcelona 92, se carga a medio aforo.
Ah, y la dedicatoria. A ver qué me pongo: me quiero mucho, como la trucha al trucho. Olé.
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