Barcos sin remos van recorriendo mi cuerpo. Solos, audaces, sin ningún rumbo concreto. Me detengo en sus esloras, los observo con detenimiento. Y una lucha de sangre se desmorona entre mis manos como dos pájaros heridos a punto de caer al suelo. No sé que tuvieron tus ojos que nunca me miraron. Ni tu boca que nunca me habló, ni tus brazos que nunca me sostuvieron. Sólo sé que el tiempo dibuja heridas en mi rostro y certezas de naranja en mis muslos cada vez más viejos. Y me acuerdo de ti, cada vez que estoy sola. Y es curioso porque en el fondo nunca me hiciste compañía. Siempre fui yo quien escuchaba cada una de tus historias. Como si se me fuera la vida en ello. Quizá por eso, porque la vida se me fue el día justo en que dejaste de contármelas. No supe cómo atarte a mí, quizá porque ambos, libres de ataduras, no teníamos con qué atarnos.
p.d. La Libertad tiene nombre de mujer, pero yo no soy ella. El amor tiene nombre de hombre, pero tú no eres él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario