
De Euskadi eran las palabras
que a veces nos decíamos.
El significante y el significado
los ponías tu...
el sentido, mis sentidos.
Mendieta, berdin, agur…
y el lenguaje era un mundo
habitado por dos hablantes
donde poco importaba el acento
y menos aún el contexto.
Nunca escuché tu voz
más allá de este frío teclado.
Sin embargo cada carácter impreso
me ofrecía preciosos indicios
de tu carácter noble y sincero.
Contigo aprendí que las montañas
son mujeres silenciosas e imponentes
que se dejan acariciar por los hombres
que ansían la libertad sin ambages.
Conmigo no aprendiste nada,
quizá porque te diste demasiado,
quizá porque yo no tenía nada,
tan solo una cartilla del paro
e inventadas verdades
que así como te acercaron,
un día te alejaron para siempre
de mi lado.
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