viernes, 26 de octubre de 2007

El objetivo de la luna:


La luna se adentró como un paparazzi por la ventana del hotel. Andrés, ensombrecido como un cuadro sin restaurar, se incorporó en la cama y observó a María con la fuerza del perro que busca la mirada elogiosa del dueño al entregarle la presa. Ella aceptó el reclamo y ambos se dejaron fotografiar por el objetivo discreto de la luna.

A la mañana siguiente, en la calle, todo era menos placentero. Los sábados tenía lugar el mercado semanal. Aquel paisaje, caótico y ordenado a un tiempo, era habitado por los vendedores ambulantes que pugnaban por abrirse un hueco entre la legalidad de aquellos otros que los miraban con recelo. Junto a ellos se arremolinaban las gitanas de piel cetrina y cabellos enjaulados que vendían toda clase de potingues, sin más publicidad, que la tersura de las mejillas que nunca iba a la escuela. Los marroquíes, de mirada infinita y lengua diestra, disfrutaban con el tira y afloja de los precios. Los guiris, de paso cadencioso y mejillas encendidas, buscaban impacientes una embajada de sombra. Todos compraban y vendían al ritmo vertiginoso de la rumba que algunos comerciantes pinchaban como yonquis enfermizos.

María desayunaba en el balcón los recuerdos de la noche anterior. Su mirada recorría el azul grisáceo de la costa. Como una letanía indestructible las olas procesionaban rumbo a la orilla. Apenas se entreveía un milímetro de arena libre. Sólo eran las diez de la mañana y los bañistas ya colonizaban con sus sombrillas multicolores toda la orilla. De pronto la mar comenzó a embravecerse espoleada por un viento de Levante. El cielo también se encapotó y una lluvia repentina terminó por devolver a la playa su primigenio aspecto, libre de cualquier vestigio humano. María comenzó a sentir la fina lluvia en su rostro; agotó el último sorbo de café; sintió un ligero escalofrío y entró en la habitación. Andrés miraba por la ventana. La lluvia caía con más fuerza y las gotas comenzaron a resbalar vertiginosamente por el cristal, como locos espermatozoides a la búsqueda y captura de un óvulo al que fecundar. Andrés, como buen físico, se apresuró a interpretar el mapa isobárico del cristal sobre la agrimensura, sin mesura, de la fértil María.

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