viernes, 9 de mayo de 2008

CHEMA, EL PANADERO

Hace unas semanas que murió Chema, el panadero de Barrio Sésamo. Ver este programa era sinónimo de libertad. Una acababa de salir del colegio y claro, entre tanto maestro de aquellos de “la letra con sangre entra” y algún que otro compañero hijo de las Grandes Putadas, pues las cinco de la tarde, contrario al poema de Lorca, era toda una fiesta. Otra cosa era escuchar el domingo por la noche la musiquilla del Telediario Segunda Edición que te anunciaba que la fiesta estaba a punto de terminar. Si se hablaba de la crisis de los astilleros tú veías culpable a tu maestra; si de la hambruna en el mundo, tú veías culpable a tu maestra; si de los jóvenes enganchados a la droga, tú veías culpable a tu maestra, que para más jodienda se llamaba Doña Gloria. Pero la puntilla final la ponía la información meteorológica, no había forma de que lloviera y se interrumpieran las clases por unos días. Todos los niños de España disfrutaban de este privilegio menos los murcianos. Así lo anunciaba cada noche aquella periodista que parecía una tabla de planchar con sonido pregrabado, eso si, no tenía que apartarse para que se viera el mapa al completo, incluso las Baleares y Canarias aparecían (qué desilusión me llevé cuando me enteré de que ‘las afortunadas’ no estaban debajo de Murcia, metidas en una especie de pecera para que no se saliese el agua que las rodeaba, sino bastante más abajo -y esto es verdad verdadera, como dice el anuncio-). Aquella escuálida periodista echaba por tierra mis aspiraciones de ser chica “Maldonado”. A menos que los países catalans y valenciâs hubiesen obtenido la independencia claro, para entonces mi delantera no hubiese sido obstáculo alguno para poder informar sin ningún tipo de censuras mamarias. Volviendo al tema, me encantaba Barrio Sésamo, envidiaba no vivir en un lugar así donde todo era grato y apacible, y me gustaba mucho el personaje de Chema, de Ana, Espinete, claro, Don Pimpón, el quiosquero, los niños que salían etc. todo ello mientras me comía un buen bocadillo o un bollicao (que por aquel entonces era todo un lujo) junto a la compañía de mi madre que también veía el programa mientras hacía ganchillo.

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