El trasplante de corazón había sido todo un éxito. Marcos volvía a ser un chico normal. Las manos amoratadas y tez amarilla de su enfermedad ya nada tenían que ver con el chico robusto y sonrosado que era ahora. Los médicos se sorprendían cada día de su rápida recuperación. En cambio su aspecto físico no concordaba con su estado anímico. Sin saber muy bien por qué, siempre estaba triste. Marcos pensaba que aquel corazón debía haber pertenecido a alguna persona muy desgraciada en vida; a un suicida tal vez. Por mucho que recibiera los estímulos que antes le hacían sonreír, ahora era incapaz de sentir lo más mínimo: ¿De verdad me habéis trasplantado un corazón humano?- preguntaba siempre a los médicos. Su carácter, abierto y sonriente, se había vuelto huraño y esquivo. Incluso hacia su novia Maite, cuya presencia sentía tan fría como una lápida sin flores. Pensaba que con su vuelta a casa todo volvería a ser como antes. Nada más lejos de la realidad. Sentía en su interior un deseo incontrolado hacia si mismo que le asustaba. A él siempre le habían atraído las mujeres. Tampoco es que le atrajeran exactamente los hombres. Simplemente se gustaba a si mismo. Cada vez que se miraba al espejo se estremecía: mientras recorría la orografía cicatrizada de su pecho, sus pupilas se dilataban de gozo y sus órganos sexuales hacían lo propio. Avergonzado de sí mismo, decidió quitar todos los espejos de su casa.
Marcos estaba cada vez más aterrado. Era consciente de su extraño comportamiento, pero por más que trataba de buscar una justificación que lo calmara, no podía concentrarse. Su propia voz le turbaba, su cuerpo, sus manos, su sexo. Sentía unos deseos irremediables de verse, ¿pero dónde? Había quitado todos los espejos. -El ascensor- pensó. Marcos comenzó a desnudarse en el rellano mientras llegaba el ascensor. Las puertas se abrieron. Estaba vacío. Se abalanzó sobre el espejo y empezó a besarlo desaforadamente. Las puertas se cerraron. Marcos estuvo diez minutos dentro del ascensor. Alguien llamó desde el séptimo piso. Marcos le dio al botón de emergencias para atascarlo pero no pudo. ‘Joder, joder, ¿qué hago?’- se lamentaba. ‘Buenos días Marcos, ¿me compras un cuponcito?’.
Marcos pasó la víspera del día de Navidad ojeando viejos álbumes de fotos. Extrajo uno de mil novecientos noventa y siete. Lejos de recordar a sus compañeros de instituto, su mirada se complacía en buscarse a sí mismo. Se observaba con los ojos del amante correspondido, del amor sincero, del amante sin testigo. Sólo un rostro logró captar su atención. Marcos se estremeció. Su corazón sentía nostalgia de aquel rostro amable y sincero. Por primera vez en un año había sentido algo por otra persona. No era exactamente amor; amor fraterno quizá; amor propio sin duda. Allí estaba Zenobia con sus largos cabellos tostados, con su forzada y tímida sonrisa y con la mirada tan limpia como un día de vacaciones. Guiado por un recuerdo tan presente como un primer beso, buscó su viejo libro de Lengua y allí encontró el teléfono de Zenobia. Marcos la llamó. El teléfono comunicaba. Volvió a insistir. Entonces una voz angosta y entrecortada le contestó:
— Dígame.
— ¡Buenas Noches! Perdone por llamar a estas horas y más en Noche Buena. ¿Podría ponerme con Zenobia? Soy Marcos Ontiveros, un amigo suyo de la época del instituto. Me gustaría mucho hablar con ella... Desde que me fui a vivir a Barcelona no he sabido nada de ella... ¿Sigue en el pueblo con ustedes?... ¿Me escucha?...
Marcos comenzaba a impacientarse. Desde la calle llegaban con insistencia las voces de los niños cantando villancicos, pero su auricular estaba tan mudo como el pavo trinchado de la casa de enfrente. Aquella ventana, abierta como un fotograma perdido en un archivo centenario, le recordó la última vez que vio a Zenobia. Seguramente ella estaría casada o quizá... quizá siguiese soltera. Esta última idea le complacía. La comunicación se cortó. Marcos no volvió a insistir; no quería molestar pero sabía que volvería a llamarla al día siguiente. No sabía por qué, pero quería encontrarse de nuevo con Zenobia. Marcos se tumbó en el sofá y se quedó dormido. El sonido del teléfono móvil lo despertó. Había recibido un mensaje: “Si quieres saber como está Zenobia, pon la mano sobre tu corazón”. Marcos comenzó a entenderlo todo y aquella noche durmió algo más de lo normal.
Marcos estaba cada vez más aterrado. Era consciente de su extraño comportamiento, pero por más que trataba de buscar una justificación que lo calmara, no podía concentrarse. Su propia voz le turbaba, su cuerpo, sus manos, su sexo. Sentía unos deseos irremediables de verse, ¿pero dónde? Había quitado todos los espejos. -El ascensor- pensó. Marcos comenzó a desnudarse en el rellano mientras llegaba el ascensor. Las puertas se abrieron. Estaba vacío. Se abalanzó sobre el espejo y empezó a besarlo desaforadamente. Las puertas se cerraron. Marcos estuvo diez minutos dentro del ascensor. Alguien llamó desde el séptimo piso. Marcos le dio al botón de emergencias para atascarlo pero no pudo. ‘Joder, joder, ¿qué hago?’- se lamentaba. ‘Buenos días Marcos, ¿me compras un cuponcito?’.
Marcos pasó la víspera del día de Navidad ojeando viejos álbumes de fotos. Extrajo uno de mil novecientos noventa y siete. Lejos de recordar a sus compañeros de instituto, su mirada se complacía en buscarse a sí mismo. Se observaba con los ojos del amante correspondido, del amor sincero, del amante sin testigo. Sólo un rostro logró captar su atención. Marcos se estremeció. Su corazón sentía nostalgia de aquel rostro amable y sincero. Por primera vez en un año había sentido algo por otra persona. No era exactamente amor; amor fraterno quizá; amor propio sin duda. Allí estaba Zenobia con sus largos cabellos tostados, con su forzada y tímida sonrisa y con la mirada tan limpia como un día de vacaciones. Guiado por un recuerdo tan presente como un primer beso, buscó su viejo libro de Lengua y allí encontró el teléfono de Zenobia. Marcos la llamó. El teléfono comunicaba. Volvió a insistir. Entonces una voz angosta y entrecortada le contestó:
— Dígame.
— ¡Buenas Noches! Perdone por llamar a estas horas y más en Noche Buena. ¿Podría ponerme con Zenobia? Soy Marcos Ontiveros, un amigo suyo de la época del instituto. Me gustaría mucho hablar con ella... Desde que me fui a vivir a Barcelona no he sabido nada de ella... ¿Sigue en el pueblo con ustedes?... ¿Me escucha?...
Marcos comenzaba a impacientarse. Desde la calle llegaban con insistencia las voces de los niños cantando villancicos, pero su auricular estaba tan mudo como el pavo trinchado de la casa de enfrente. Aquella ventana, abierta como un fotograma perdido en un archivo centenario, le recordó la última vez que vio a Zenobia. Seguramente ella estaría casada o quizá... quizá siguiese soltera. Esta última idea le complacía. La comunicación se cortó. Marcos no volvió a insistir; no quería molestar pero sabía que volvería a llamarla al día siguiente. No sabía por qué, pero quería encontrarse de nuevo con Zenobia. Marcos se tumbó en el sofá y se quedó dormido. El sonido del teléfono móvil lo despertó. Había recibido un mensaje: “Si quieres saber como está Zenobia, pon la mano sobre tu corazón”. Marcos comenzó a entenderlo todo y aquella noche durmió algo más de lo normal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario