jueves, 17 de diciembre de 2009

Reflexiones

Me gusta el silencio. Todo se vuelve sereno y frágil como un ser humano a punto de coronar una cumbre. En el silencio todos los posibles existen, todas las esperanzas aguardan intactas y también todos los miedos. El silencio no te llama, eres tú quien acude llamado por tí mismo. Por esa paz que necesitas encontrar rodeado de tanto ruido ensordecedor a lo largo del día.

Durante el dia uno se convierte en oyente sin más remedio. Multitud de voces pidiendo consejo, quejándose, riéndo, llorando. Monólogos diarios que no preguntan ni siquiera por tu nombre. Tú escuchas, sonríes, tratas de ser amable. Pero el pensamiento lo tienes en otra parte.

Y es por la noche cuando ese pensamiento ocupa todos los estantes de tu soledad y como un libro ofrece todas sus páginas para ser leídas, y tú las repasas, una a una, escritas en un lenguaje que sólo tú eres capaz de descifrar, porque sólo tú eres poseedor de ese lenguaje que como ningún otro te ha permitido comprender que, la soledad no elegida es un estado de permanente búsqueda y de encuentro de la mayor de nuestras amigas: la imaginación. Ella y nadie más puede salvarnos. Quien diga lo contrario es porque no tiene imaginación.

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