jueves, 22 de enero de 2009

Libros

Nunca me han gustado las bibliotecas. Parecen un orfanato donde los libros compiten por ser adoptados. Sufren, se cansan de ir de casa en casa. Quieren un hogar estable, una familia que los acoja para siempre. Muchos caen en manos de padres estudiantes que subrayan sin pudor todo su cuerpo. A veces incluso les hacen cortes o les arrancan directamente alguno de sus miembros. Otros los machacan en la fotocopiadora y sufren importantes quemaduras. Muchos de ellos incluso terminan en el cubo de la basura. En el peor de los casos algunos son reciclados y transformados en papel cuché.

Siempre me he sentido mal a la hora de tener que devolver un libro. Sobre todo con aquellos con los que, de una u otra forma, me he encariñado de manera especial. Entonces me he sentido como una mala madre que no cumple con los requisitos para poder adoptar un niño y las autoridades le obligan a devolverlo. Ha sido tu niño durante dos meses. Lo has acariciado sintiendo cada una de sus páginas como palomas que están a punto de echar a volar; lo has leído sintiendo en cada una de sus palabras los versos que sólo un niño es capaz de pronunciar; lo has guardado cada día como si fuera el único libro jamás escrito. Pero llega la fecha límite, el día de la devolución. Tú frente a la bibliotecaria. El libro te sonríe, el título de la cubierta parece decir “No me dejes”. Y tú con lágrimas en los ojos abandonas rápidamente la inclusa llena de remordimientos: otras manos acariciarán su risa, otras voces pronunciarán su nombre. Por eso los que me conocen me regalan libros. Libros que por supuesto... nunca presto. ¿Qué madre presta a sus niños? Eso sí, de canguro podéis venir a casa todos los que queráis.

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