Tenían tus palabras el calor de los libros en las largas tardes de invierno. Sonreías y dibujabas en mi alma constelaciones de estrellas que presagiaban un futuro junto a ti. No dejes nunca de mirarme -te decía- mientras mi voz se zambullía en el azul descansado de tu mirada. Entonces me tendías tus manos fuertes, grandes, trabajosas y trabajadas. Capaces de ponerme en pie cada vez que la vida se empeñaba en darme una bofetada sin brazos. En nada se parecían a las manos enfermizas y delicadas de mis compañeros de la editorial. Yo entonces las tomaba entre las mías con la misma urgencia y ternura que un niño abre sus regalos la noche de Reyes. Así yo también las abría, así tú también me traías siempre lo que te había pedido.
1 comentario:
Muy bonito, un post lleno de sentimientos.
Un abrazo
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